IA contra IA: las guerras proxy entran en una nueva era

IA contra IA: El caso de Taiwán y otros casos

Taiwán, Ucrania, el Báltico, Polonia y el Cáucaso muestran una nueva convergencia entre ciberataques, IA, drones, sabotaje y guerra electrónica.

Una guerra ya no necesita comenzar con un misil. Ahora, puede comenzar con una credencial robada, una vulnerabilidad sin parches o un agente de inteligencia artificial entrenado para buscar una red. También puede comenzar con un ataque desde un dron, un cable submarino cortado o una interferencia electrónica. Por eso hablamos de IA contra IA: El caso de Taiwán y otros casos.

El 12 de julio de 2026, investigadores identificaron una operación cibernética contra sistemas gubernamentales taiwaneses. La investigación describió el uso coordinado de agentes de inteligencia artificial durante la intrusión. Por estos indicios, el caso de Taiwán ofrece una señal especialmente inquietante.

El Ministerio de Asuntos Digitales de Taiwán confirmó posteriormente que hackers extranjeros utilizaron herramientas de IA contra sistemas gubernamentales. Un caso que fue seguido profusamente por el medio especializado en ciberseguridad.

La investigación identificó 21 sistemas gubernamentales afectados y 85 cuentas comprometidas. También reportó la extracción de más de 2.500 registros de personal. La operación habría utilizado varios agentes de IA para reconocer objetivos y adaptar sus acciones.

La atribución definitiva, sin embargo, todavía no ha sido establecida oficialmente. Ese matiz resulta fundamental.

No estamos ante una prueba pública de que un determinado Gobierno haya ordenado el ataque. Estamos ante un caso confirmado de IA utilizada dentro de una operación contra infraestructura gubernamental, de acuerdo con SC Media.

Hasta ahora, la discusión sobre inteligencia artificial y ciberseguridad se concentraba en dos escenarios. El primero consistía en utilizar IA para mejorar las defensas. El segundo consistía en utilizarla para acelerar determinadas tareas de los atacantes.

El caso taiwanés plantea una posibilidad diferente.  Los agentes pueden asumir tareas consecutivas dentro del proceso de reconocimiento y explotación. Eso reduce potencialmente el tiempo humano necesario para investigar objetivos. También puede permitir operaciones simultáneas contra múltiples sistemas. La consecuencia estratégica es evidente. La IA puede convertir un ataque especializado en una operación escalable.

Taiwán ya experimenta una presión cibernética extraordinaria. Según la Oficina de Seguridad Nacional de Taiwán, el país recibió un promedio de 2,63 millones de ataques diarios contra infraestructura crítica durante 2025 según un informe del  Gobierno de Taiwán

Los sectores afectados incluyen energía, salud, telecomunicaciones y otras infraestructuras estratégicas. El problema deja de ser exclusivamente tecnológico. También se convierte en un problema de soberanía.

El concepto de guerra híbrida ayuda a explicar esta transformación. Ciberataques, sabotaje, desinformación, interferencia electrónica y drones pueden operar simultáneamente. Estas acciones tampoco necesitan producir una guerra convencional.

Específicamente la Unión Europea reconoce precisamente esa característica. De hecho, el Servicio Europeo de Acción Exterior incluye ciberataques, sabotaje, incursiones de drones, manipulación informativa y daños contra cables submarinos.

La ventaja estratégica consiste en mantener muchas operaciones por debajo del umbral de una guerra abierta. Eso dificulta atribuir responsabilidades y, de paso, complica decidir cuándo responder, mientras aumenta la posibilidad de que varios incidentes, aparentemente independientes, conformen una misma campaña.

Por eso, analizar cada incidente como un problema aislado puede resultar engañoso. La problemática evoluciona y puede tener múltiples componentes. Puede comenzar con un ataque contra una red eléctrica, que parece un incidente de ciberseguridad. Luego, puede seguir con un sobrevuelo de un dron a una instalación crítica, que pasa por un incidente militar. Avanzar con un incendio provocado que parece un problema policial y consolidarse con una campaña de desinformación que parece un problema político.

Pero todos pueden formar parte de una misma estrategia.

Taiwán concentra varias dimensiones de esta nueva ecuación. Es una potencia tecnológica y un nodo esencial de la cadena mundial de semiconductores. También constituye uno de los principales puntos de tensión entre China y Estados Unidos.

Su infraestructura digital sostiene sectores estratégicos como energía, telecomunicaciones, administración y servicios financieros. Por eso, un ataque digital puede producir consecuencias que superan ampliamente el ámbito informático. Los datos de la Oficina de Seguridad Nacional taiwanesa muestran que los ataques contra infraestructura crítica aumentaron 6% durante 2025. La dimensión tecnológica añade ahora otra variable.

Así, si el atacante puede utilizar IA para automatizar parte de la operación, el defensor debe responder utilizando tecnologías similares. Así, la carrera comienza a parecerse menos a una batalla entre hackers y comienza a parecerse a una confrontación entre sistemas automatizados.

Estonia, Letonia y Lituania representan otro escenario fundamental. Los tres países pertenecen a la OTAN y se encuentran en una zona estratégica frente a Rusia y Bielorrusia.

La presión sobre la región combina diferentes instrumentos. Entre ellos aparecen ciberataques, sabotaje, interferencia de señales, drones y operaciones de influencia. La OTAN reforzó su presencia mediante la operación Eastern Sentry.  La Alianza también creó Baltic Sentry para proteger infraestructura crítica en el mar Báltico.

Según la OTAN, estas iniciativas incorporan fragatas, aeronaves de patrulla y drones navales. También busca mejorar la coordinación con empresas propietarias de infraestructura submarina.  

Y la razón salta a la vista si tenemos en cuenta que los cables submarinos y los gasoductos son activos económicos. Pero también son activos estratégicos.

Además, la infraestructura digital europea depende de ellos. Asimismo, la energía europea también depende de redes físicas vulnerables y la frontera entre infraestructura civil y seguridad nacional se vuelve cada vez más estrecha.

Un incidente reciente muestra esa transformación. En agosto de 2026, Estonia investigó un incendio provocado en instalaciones utilizadas por Milrem Robotics.

La empresa desarrolla sistemas militares no tripulados utilizados en Ucrania. El primer ministro estonio señaló una posible conexión rusa entre las líneas de investigación. Según la agencia Reuters Las autoridades todavía no han establecido responsabilidad definitiva.

El episodio resulta relevante porque el objetivo potencial no era una base militar convencional sino una compañía tecnológica vinculada con sistemas robóticos militares.

La infraestructura tecnológica puede convertirse simultáneamente en objetivo, arma y activo estratégico.

Polonia ocupa una posición diferente pues este país es un componente fundamental del flanco oriental de la OTAN. También constituye un nodo logístico esencial para el apoyo occidental a Ucrania. Por eso, sus redes ferroviarias, aeropuertos, puertos, sistemas energéticos y telecomunicaciones poseen valor estratégico.

Un análisis del Harvard Kennedy School describió a Polonia como un escenario creciente de confrontación híbrida. En septiembre de 2025, numerosos drones penetraron el espacio aéreo polaco durante un ataque ruso contra Ucrania. Algunos de esos drones se aproximaron al área de Rzeszów-Jasionka donde está un aeropuerto que constituye un importante centro logístico de la OTAN.

Ucrania representa el laboratorio más avanzado de esta convergencia. El conflicto integra drones, inteligencia artificial, guerra electrónica, comunicaciones digitales y sistemas autónomos. La OTAN reconoce que los drones han transformado el carácter de la guerra moderna.

La Alianza también destaca la capacidad ucraniana para adoptar rápidamente nuevas tecnologías. La guerra electrónica ha obligado a desarrollar sistemas capaces de operar incluso bajo interferencias y su innovación también está avanzando hacia sistemas autónomos.

Proyectos financiados por la OTAN ya exploran enjambres capaces de navegar en entornos sin señales GNSS. Estos sistemas pueden realizar tareas coordinadas sin pilotaje directo.

La consecuencia es paradójica. La autonomía aumenta la capacidad de ataque, pero también aumenta la necesidad de autonomía defensiva. Pues, si el atacante automatiza, el defensor indefectiblemente automatizará su estrategia.

Ambos compiten por reducir el tiempo entre detectar un objetivo y actuar sobre él.

Ucrania también demuestra que la autonomía tiene una vulnerabilidad. Los sistemas que dependen de señales de navegación pueden ser afectados mediante interferencias. Eso ha impulsado nuevas tecnologías de navegación, comunicación y control.

Así, la guerra electrónica se convierte en una batalla por el acceso a la información, pues no basta con disponer de un dron. Definitivamente, se requiere garantizar que pueda localizarse, comunicarse y operar.

Tampoco basta con disponer de inteligencia artificial, también es vital garantizar que los datos utilizados por esa IA sean confiables.

De este modo la guerra tecnológica termina convirtiéndose en una guerra por la integridad de la información.

El Cáucaso presenta una dinámica diferente. Armenia, Azerbaiyán y Georgia se encuentran en una zona donde convergen intereses europeos, rusos, turcos y asiáticos. Allí también confluyen corredores energéticos, comerciales y digitales. Por eso, la región permite observar otra característica de la guerra híbrida.

La Unión Europea creó en 2026 una misión civil para fortalecer la resiliencia de Armenia. La misión contempla amenazas como ciberataques y manipulación extranjera de información.

El objetivo es desarrollar capacidades institucionales frente a amenazas multidimensionales. Y con esto, el Cáucaso abre otra pregunta: ¿cómo la seguridad digital empieza a formar parte de la política exterior?

El mar Negro añade otra dimensión. La región conecta rutas comerciales, energéticas, digitales y de transporte. Por eso, su infraestructura tiene una importancia que supera el ámbito regional.

La Unión Europea considera el mar Negro un objetivo prioritario de acciones híbridas. La estrategia europea identifica ciberataques, manipulación informativa y tecnologías emergentes entre esas amenazas. También destaca la importancia de proteger los corredores de energía, transporte y conectividad digital.

Esto resulta especialmente relevante para las empresas. Una infraestructura puede ser rentable durante décadas. Pero también puede convertirse rápidamente en un activo geopolítico.

Aquí aparece la conclusión central. Las guerras proxy tradicionales implicaban que una potencia apoyara a terceros para combatir indirectamente a un adversario.

Hoy esa lógica convive con una confrontación mucho más amplia. El conflicto puede extenderse mediante empresas, redes, cables, satélites y sistemas logísticos.

También puede involucrar centros de datos, telecomunicaciones, plataformas digitales y proveedores tecnológicos. No existe necesariamente un único campo de batalla. Existe una superficie de ataque geopolítica.

El ejemplo más cercano en el tiempo es Taiwán, que muestra la dimensión de la inteligencia artificial. Por su parte la experiencia más larga es Ucrania, que nos muestra la convergencia entre drones, autonomía y guerra electrónica. Del mismo modo, los países bálticos muestran la presión sobre infraestructura crítica.

Polonia, por su parte, muestra la vulnerabilidad de las cadenas logísticas y cómo afrontarla y, por último, el Cáucaso muestra el valor estratégico de los corredores energéticos y digitales.

Todos son escenarios diferentes, pero comparten una característica. Y muestran una base estratégica común, como es que la infraestructura tecnológica se ha convertido en parte del conflicto.

Durante años, hablar de soberanía tecnológica significó discutir quién controla los datos, los semiconductores y las plataformas. También significó discutir quién controla las nubes, las redes y la infraestructura digital.

Esa discusión continúa siendo fundamental. Pero los acontecimientos recientes obligan a añadir otra pregunta. ¿Quién puede defender esa infraestructura cuando el adversario también dispone de inteligencia artificial?

Tener los datos dentro de las fronteras no garantiza su seguridad. Fabricar chips tampoco y menos, controlar una red energética o disponer de infraestructura propia de nube. La soberanía tecnológica empieza a incorporar una dimensión adicional que consiste en la capacidad de detectar, resistir y responder autónomamente.

La respuesta exige capacidades tecnológicas propias y también exige talento, inteligencia, infraestructura y coordinación público-privada.

La defensa deja de ser exclusivamente responsabilidad de los ejércitos. También involucra a operadores de telecomunicaciones, empresas energéticas, fabricantes tecnológicos y proveedores digitales.

Así, la carrera que viene para cualquier gobierno del presente y para los próximos años es aplicar IA para encontrar vulnerabilidades, detectar anomalías, automatizar respuestas y coordinar operaciones.

A su vez el atacante busca reducir el tiempo necesario para penetrar y detectar, mientras intenta operar simultáneamente sobre múltiples objetivos.

El defensor necesita protegerlos todos.

La próxima carrera tecnológica, por tanto, no será únicamente por construir mejores chips ni consistirá solamente en entrenar modelos más grandes.

Será una carrera por construir sistemas capaces de defender sociedades enteras frente a máquinas que atacan a velocidad de máquina. Es IA contra IA, en el corazón de algunas de las zonas tecnológicamente más estratégicas del planeta.